por mucha que fuera su suerte; lo cual no fué obstáculo para que por la noche repitiese con la indignación más simpática los dichos del príncipe Coco, uno de los célebres jefes de la oposición aristocrática; de aquel príncipe Coco que en París, en el salón de la princesa Matilde, había dicho con tanta frescura: «Señora, el principio de la propiedad no está muy seguro en Rusia».
En torno del árbol ruso se habían reunido, como acostumbraban, nuestros queridos compatriotas de ambos sexos; se acercaban con dignidad, mas perezosamente y dándose importancia cual conviene á seres colocados en el más alto grado de la escala social; pero, una vez sentados, ya no sabían de qué hablar; mataban el tiempo charlando de cosas fútiles ó vacías, ó riéndose al recuerdo de añejos dichos, bien poco elegantes y hasta grotescos, de un ex-literato de París, bufón y hablador, que gastaba tan mal sembrada la perilla como mal formados los zapatos.
No había necedad que pudiera ser desenterrada de los almanaques del Charivari que el tal bufón no hiciese tragar á estos principes