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Página:Humo (1891).pdf/52

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humo

rusos, que prorrumpían en risas de gratitud, reconociendo de esta suerte involuntariamente la superioridad del ingenio extranjero, como asimismo su completa incapacidad para inventar nada que pudiera servir de entretenimiento.

Hallábase, sin embargo, allí, lo más selecto de nuestra sociedad, nuestros tipos más escogidos. Veíase al conde X., nuestro incomparable dilettante, naturaleza verdaderamente musical, que con tanta perfección dice las romanzas, aun cuando sólo le es posible acompañarse al piano tocando con un dedo, y á pesar de que su voz participe de la de un mal gitano y de la de un peluquero de París aficionado á la ópera cómica. Hallábase también nuestro irresistible barón Z., apto para todo, literato y hombre de administración, orador y grecófilo. Veíase al príncipe Y., amigo de la religión y del pueblo, quien, durante la época feliz del estanco del aguardiente, logró hacer una inmensa fortuna fabricando este espíritu con belladona. Allí estaba el brillante general O., que, si se le diese crédito, fué vencedor en muchos combates, arrollando á