—Gregorio Litvinof, un verdadero ruso y buen muchacho, se lo recomiendo á V.—dijo Bambaéf presentando á Litvinof á un hombre bajo, vestido en traje de mañana y con zapatillas, que se hallaba en medio de una habitación muy iluminada y ricamente amueblada. —Es él —añadió dirigiéndose á Litvinof—es el mismo; es, en una palabra, Gubaref.
Litvinof le contempló atentamente. A primera vista no notó en él nada extraordinario. Veía delante de sí un señor de aspecto respetable y un poco necio, con frente espaciosa, ojos saltones, gruesos labios, larga barba, cuello de toro y mirada poco franca. Este señor se sonrió y dijo: «Mme... mm... muy bien... lo celebro mucho...» Cogió después la barba con la mano, y volviendo la espalda á Litvinof principió á pasear por la tupida alfombra con la suave lentitud de un gato.