de indignación. Mad. Sukhantchikof acababa de recordar una nueva injusticia del príncipe Barnulof, el cual estuvo a punto de hacer cortar una oreja a cierta persona.
El aire de la noche acarició agradablemente el rostro de Litvinof y refrescó sus labios secos. «¿Qué es esto?—dijo para sí atravesando una calle sombría—¿a qué he asistido? ¿Por qué gritaban, injuriándose de tal suerte?» Litvinof se encogió de hombros, fue al café Weber, cogió un periódico y se hizo servir un helado.
El periódico no se ocupaba más que en la cuestión de Italia, y el helado resultó muy malo. Se disponía a volver a su casa, cuando un desconocido, que llevaba un sombrero con alas muy anchas, se acercó preguntándole en ruso si no le incomodaba, sentándose junto a la misma mesa en que se encontraba Litvinof. Al fijarse en él, notó Gregorio que era aquel señor el que había visto en una esquina, en casa de Gubaref, y que le dirigió una mirada tan penetrante cuando se habló de las convicciones políticas. Durante toda la noche, aquel individuo no había desplegado los labios; y