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La túnica que cubre sus miembros helados con argentadas escamas, queda sobre las ondas en dulce vaivén de resto náufrago.
Mientras la marea crece sorbida por la luna, el hada enloquecida aumenta la danza, y son ya convulsiones espasmódicas las contorsiones de su cuerpo, que se pierden en el cielo, como iluminaciones veladas.
Pasa un meteoro azotando la bóveda con su cola radiante; el hada espantada se sumerje en las profundidades del océano.
En el sitio donde desaparecieron sus larguísimos cabellos, asoma un pulpo aprisionando en sus tentáculos la enfermedad de mi espíritu, un mal extraño un extrañísimo mal de amores.
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