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XLVIII
Sombras furtivas que entran por las cerradas persianas, han decorado mi techo con el capricho de un artista.
Es una ciudad pigmea que tiene por único habitante a una frágil araña con patas de alfiler.
El humo de los palillos de sándalo, que arden en un rincón, finge formas de esbeltas bailarinas que se alargan azuladas hasta cortarse como elásticos.
Una máscara china se muere de risa contra el ropero.
Cuchichean los retratos espantados de tan inmotivada hilaridad, cuidando de no ser oídos por el sombrero que se retuerce sobre el sillón como cabeza recién cortada.
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