Bostezan los cajones de la cómoda, mostrando la blancura de las camisas y sacando la lengua rosa de las cintas, mientras la perilla del lecho, sostiene bronceada polémica con un par de zapatos que protestan indignados de la ebriedad de sus tacos.
Un guante hace extrañas musarañas contra la pared; tiene el mismo crispamiento de los agonizantes sobre las mortuorias sábanas.
La ciudad de mi techo se ha obscurecido, y la temblorosa araña ha ido a esconderse entre sus hilos que cuelgan como hamaca de una a otra cornisa.
Todos los héroes de novela que vagaban confundidos por la sombra, han vuelto a los estantes buscando las páginas de sus libros, como vuelven las ánimas al cementerio cuando apunta el día.
En la cabeza de la Nada se ha suicidado una idea.