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XII
Eran sus manitas como dos mariposas inquietas, como dos capullos recién abiertos a la brisa.
Era su boquita un cántaro de rubies que, por capricho de la naturaleza, habían adquirido vida y sangraban.
Eran sus ojos, dos lagos bajo la serenidad de un plenilunio, donde se escondió todo el azul del éter.
Y era su frente, una placa de marfil en la cual el destino escribió, con lapizlázuli, raras cifras incomprendidas.
Sus cabellos eran topacios diluidos, y al desparramarse en mis brazos fulguraban como hilos diamantinos de estrellas.
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