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XIX
En la esquina de mi calle hay un buzón que nunca tiene asueto. Cada vez que me asomo a la ventana, mis ojos tropiezan con él y le envían una mirada amistosa y compasiva.
¡Pobre buzón! ¡Qué ridículo parece con su cabeza eternamente al aire, recibiendo los azotes y crudezas de las cuatro estaciones! Su boca desdentada, invariablemente abierta, espera que introduzcan por élla esos papeles que llaman cartas, y que llevan todas las pasiones y tempestades humanas.
¡Cuántas amarguras habrán en el corazón de un buzón; cuántas amarguras y cuánta experiencia!
Pero el pobre, rígido buzón, no puede decir na-
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