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XXIII
La alcoba está quieta.
El duerme.
Mi alma y el alma de las cosas están suspensas cuidando su sueño.
Sobre la tibia cama, confundiéndose con el raso del plumón, su cuerpo transparente se halla tendido.
Dos pétalos de una gigantesca violeta son sus párpados; y su cabello, en la albura de la almohada, finge un corazón de terciopelo azul.
¡Amor, gloria, felicidad...!
Venís a estrellaros sobre esa figura inmóvil como la luz sobre el prisma y humildemente os fun-
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