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XXIV
El viento remolinea las hojas secas en la esquina de las aceras.
El viejecito del barrio, vestido en guiñapos innobles, irónico disfraz de la miseria, jorobado por el peso del saco que maltrata sus enclenques hombros, mira con codicia las basuras del tacho que ha quedado olvidado a la puerta de una casa.
En este momento toda la aspiración de ese vie—' jo es apoderarse de la asquerosa roña que contiene ese tarro. Y ese ser tiene dos piés y anda con la frente alta como los que tienen alma.
¡Maldita miseria destructora que arrastras más seres que la muerte!
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