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XXVIII
Penetré con recogimiento, al templo abandonado.
El sueño del Tiempo había puesto en las paredes y en los arcos ojivales su rigidez cadavérica.
Los altares ostentaban sus bordados de oro viejo enverdecido, y sus bronces opacos, cubiertos de polvillo gris, tenían la fatídica impresión de lo que olvida la vida.
Las estatuas de los santos se habían dormido de éxtasis, envueltas en los pliegues de sus marfilinas túnicas; y los dedos de sus marmoreas manos quedaron señalando el sitio donde desaparecieron sus sagradas quimeras.
Estaba mudo el órgano, mudo hacía un siglo; y
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