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el nacar de sus teclas guardaba piadoso la huella de la última alma que fué a contarle cosas divinas del sentimiento.
Estaban marchitas las pinturas de querubes, que creó un pincel genial; y en la bóvena sinople quedaron muertos de misticismo los ecos de las preces de los que allí acudieron a rogar a Dios.
El alabastro de la pila bautismal había perdido su inmaculada blancura, y el misal quedó como aguardando en el atril.
Inclinada sobre los campanarios la augusta calma falleció de tedio.
Me acerqué al órgano y, al modular un acorde, hubo en su interior un ruido extraño.
Espantada, quise huir, cuando una bandada de murciélagos, despavoridos, cayeron a mis pies, mientras otros, emprendiendo vuelo circular, desaparecieron en el techo.
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