Esos ojos poderosos elevan mi alma, desde el fondo de su amargura a la superficie de la vida; de la vida que no quiero, de la vida que desprecio.
"Aquí estoy, me dicen; vive para mí".
No escuché esa sublime exhortación, y perdí para siempre esos ojos que suavizaban mi alma, como el vendaje amortigua el ardor de la llaga.
Pasa la vida, mi vida trunca de fantoche pordiosero de amor; y élla, la criatura divina, arrancada de mis brazos por la garra feroz del destino, ignora mi dolor.
Ella también sufre sin saberlo, porque el duelo hace del más grande amor una sombra invisible y helada en su corazón.
Dos palabras, las más enormes que ha creado el lenguaje, podrían unirnos; pero nadie las pronunciará porque la indiferencia ha enmudecido los corazones. Ella y yo, separadas por el mundo y unidas por el sublime amor del alma, moriremos aguardando piedad.