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XXXII
El gigante del crepúsculo va inclinándose hacia la tierra, con el recogimiento de los fieles ante la figura del Cristo.
Sus pupilas, fijas, escrutadoras, relampaguean en las arenas que bordean el río y dejan un mirar sombrío en las copas de los árboles, en los tejados de las casas.
La ciudad atenúa sus ruidos; todo va camino al reposo. Los hombres cabizbajos, silenciosos, se arrastran como sombras, llevando sobre sus cabezas el peso agónico del titán que muere.
Recostada en el balcón, me bebo la primera luz de las estrellas, y pienso en las infinitas tristezas que tendrá un corazón sin amor, y en la des-
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