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El fauno es goloso y espía, oculto entre la yerba, el trabajo del sol que madura las frutas.
Cuando hay una, rosada como el arrebol, se acerca cautelosamente a ella, escondiendo entre los hombros su cabecita cornuda, estira la mano tímida y mira a todos lados, para evitar sorpresas; coje la fruta y va a comérsele en la espesura del bosque. Con sensualidad encaja los dientes felinos en la aterciopelada carne, deleitándose en ver correr por sus brazos el jugo de la fruta, como seda diluída.
El faunillo travieso, es el terror de las ninfas jóvenes y la única esperanza de las que están ya viejas.
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