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Grito y me asusta el eco de mi voz; es un eco que viene del fondo de mí misma; un eco torturado espasmódico: el eco dolorido de un ser que nunca ha logrado saciar la sed de amor que lo devora.
He gritado, como aulla la fiera, a las montañas, en una explosión de sentimentalismo que élla misma no comprende.
Anuarí, ¿dónde estás?
¿No oyes la oración fervorosa que te dirige mi alma, al borde de su propio abismo?
Tú, que eres el genio del bien, ¿por qué no dulcificas mi dolor?
Los lirios nos aguardan, recostadas una en otra las satinadas cabecitas, y la noche espera tu llegada para correr los tules diamantinos de su inmenso pabellón.
Anuarí, la naturaleza eleva al infinito un himno magistral de amor.
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