Recordé la paz de un monasterio que fué albergue santo en una época de indecible amargura.
¡Cuán profunda pena destiló mi corazón en el regazo de una madre angelical que me arrulló como a un niño!
Cecilia se llamaba, y era su acento tan tierno para hablarme, como el decir de plegarias.
Y yo estaba sola, no tenía a nadie sino a élla.
Estaba sola, sumergida en un frío de tumba mi corazón; mi cabeza desfallecida de dolor, mis brazos tendidos. Buscaba un alma; un alma, que me tuviera compasión.
Si fuera dable expresar en palabras la angustia, la negra y repugnante desolación de mi pena.
Todo pasó como pasa el vendaval arrasando los campos; pero quedó en mi corazón el recuerdo tiernísimo de gratitud por esa mujer dedicada al servicio de Cristo que fué para mí una madre, la más sublime de caridad.
Largo rato estuve a los pies de ese Cristo pálido; bajo la caricia de los vitreaux sentimentales.
¡Recordé!...
¿Acaso la vida no es un eterno recordar de tristezas?