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LA ILÍADA

tierra y teniendo á su alrededor más aves de rapiña que mujeres.»

396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante. Diomedes se sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió su cuerpo. Entonces subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves.

401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún aqueo permaneció á su lado, porque el terror los poseía á todos. Y gimiendo, á su magnánimo espíritu así le hablaba:

404 «¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo á la muchedumbre, y peor aún que me cojan, quedándome solo, pues á los demás dánaos el Saturnio los puso en fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen del combate, y quien se descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya á otro hiera.»

411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón, llegaron las huestes de los escudados teucros, y rodeándole, su propio mal entre ellos encerraron. Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten á un jabalí que sale de la espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera cruja los dientes y aparezca terrible resisten firmemente; así los teucros acometían entonces por todos lados á Ulises, caro á Júpiter. Mas él dió un salto y clavó la aguda pica en un hombro del eximio Deyopites; mató luego á Toón y Eunomo; alanceó en el ombligo por debajo del cóncavo escudo á Quersidamante que se apeaba del carro y cayó en el polvo y cogió el suelo con las manos; y dejándolos á todos, envasó la lanza á Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un dios, vino á defenderle, y deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:

430 «¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar! Hoy ó podrás gloriarte de haber muerto y despojado de las armas á ambos Hipásidas, ó perderás la vida, herido por mi lanza.»

434 Cuando esto hubo dicho, le dió un bote en el liso escudo: la fornida lanza atravesó la luciente rodela, clavóse en la labrada coraza y levantó la piel del costado; pero Palas Minerva no permitió que llegara á las entrañas del héroe. Comprendió Ulises que por el sitio la herida no era mortal, y retrocediendo dijo á Soco estas palabras:

441 «¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído. Lograste que cesara de luchar con los teucros, pero yo te digo que la perdición y la negra muerte te alcanzarán hoy, y vencido por mi lanza me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»