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LA ILÍADA

mar gran cantidad de cieno; así el ilustre Ayax desordenaba y perseguía por el campo á los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. Héctor no lo había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de la orilla del Escamandro: allí las cabezas caían en mayor número, y un inmenso vocerío se dejaba oir alrededor del gran Néstor y del bizarro Idomeneo. Entre todos revolvíase Héctor, que, haciendo arduas proezas con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía las falanges de jóvenes guerreros. Y los aqueos no retrocedieran aún, si Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate á Macaón, mientras descollaba en la pelea, hiriéndole en la espalda derecha con trifurcada saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor, temieron que la lucha se inclinase, y aquél fuera muerto. Y al punto habló Idomeneo al divino Néstor:

511 «¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al carro, póngase Macaón junto á ti, y dirige presto á las naves los solípedos corceles. Pues un médico vale por muchos hombres, por su pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.»

516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerle. Subió al carro, y tan pronto como Macaón, hijo del eximio médico Esculapio, le hubo seguido, picó con el látigo á los caballos y éstos volaron de su grado hacia las cóncavas naves, pues les gustaba volver á ellas.

521 Cebrión, que acompañaba á Héctor en el carro, notó que los teucros eran derrotados, y dijo al hermano:

523 «¡Héctor! Mientras nosotros combatimos con los dánaos en un extremo de la batalla horrísona, los demás teucros son desbaratados y se agitan en confuso tropel hombres y caballos. Ayax Telamonio es quien los desordena; bien le conozco por el ancho escudo que cubre sus espaldas. Enderecemos á aquel sitio los corceles del carro, que allí es más empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en carros, é inmensa la gritería que se levanta.»

531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo á los caballos de hermosas crines. Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por entre teucros y dánaos el ligero carro, pisando cadáveres y escudos; el eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no dejaba la lanza quieta, recorría las filas