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LA ILÍADA

aqueos y vencidos por nuestra cobardía. Una deidad ha venido á decirme que Júpiter, el árbitro supremo, será aún nuestro auxiliar en la batalla. Marchemos, pues, en derechura á los dánaos, para que no se lleven tranquilamente á las naves el cadáver de Patroclo.»

342 Así habló; y saltando mucho más allá de los combatientes delanteros, se detuvo. Los teucros volvieron la cara y afrontaron á los aquivos. Entonces Eneas dió una lanzada á Leócrito, hijo de Arisbante y compañero valiente de Licomedes. Al verle derribado en tierra, compadecióse Licomedes, caro á Marte; y parándose muy cerca del enemigo, arrojó la reluciente lanza, hirió debajo del diafragma á Apisaón Hipásida, pastor de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este guerrero procedía de la fértil Peonia, y era, después de Asteropeo, el que más descollaba en el combate. Vióle caer el belígero Asteropeo, y apiadándose, corrió hacia él, dispuesto á pelear con los dánaos. Mas no le fué posible; pues cuantos rodeaban por todas partes á Patroclo, se cubrían con los escudos y calaban las lanzas. Ayax recorría las filas y daba muchas órdenes: mandaba que ninguno retrocediese, abandonando el cadáver; ni combatiendo se adelantara á los demás aqueos; sino que todos circundaran al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba el ingente Ayax. La tierra estaba regada de purpúrea sangre y morían, unos en pos de otros, muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no peleaban sin derramar sangre, aunque perecían en mucho menor número porque cuidaban siempre de defenderse recíprocamente en medio de la turba, para evitar la cruel muerte.

366 Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que aún subsistiesen el sol y luna; pues hallábanse cubiertos por la niebla todos los guerreros ilustres que pugnaban alrededor del cadáver de Patroclo. Los restantes teucros y aqueos, de hermosas grebas, libres de la obscuridad, lidiaban bajo el cielo sereno: los vivos rayos del sol herían el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en las montañas, y ellos batallaban y descansaban alternativamente, hallándose á gran distancia unos de otros y procurando librarse de los tiros que les dirigían los contrarios. Y en tanto, los del centro padecían muchos males á causa de la niebla y del combate, y los más valientes estaban dañados por el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y Antíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese muerto y creían que luchaba con los teucros en la primera fila. Ambos, aunque se daban cuenta de que sus compañeros eran muertos ó derrotados, peleaban separadamente de