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LA ILÍADA

guía el combate, y el férreo estrépito llegaba al cielo de bronce, á través del infecundo éter.

426 Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, á las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto ó de una matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus párpados se desprendían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y caídas á ambos lados del yugo. Al verlos llorar, el Saturnio se compadeció de ellos, movió la cabeza; y hablando consigo mismo, dijo:

443 «¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, á un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado por vosotros en el hermoso carro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que se haya apoderado de las armas y se gloríe de esta manera? Daré fuerza á vuestras rodillas y á vuestro espíritu, para que llevéis salvo á Automedonte desde la batalla á las cóncavas naves; y concederé gloria á los teucros, los cuales seguirán matando hasta que lleguen á las naves de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.»

456 Tal dijo, é infundió gran vigor á los caballos: sacudieron éstos el polvo de las crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los teucros y los aqueos. Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compañero, quería combatir desde el carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los ánsares; y con la misma facilidad huía del tumulto de los teucros, que arremetía á la gran turba de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba á perseguir, porque, estando solo en la silla, no le era posible acometer con la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces caballos. Vióle al fin su compañero Alcimedonte, hijo de Laerces Hemónida; y poniéndose detrás del carro, dijo á Automedonte: