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CANTO DÉCIMONONO

gan á los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna; sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.»

266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló en estos términos:

270 «¡Padre Júpiter! Grandes son los infortunios que mandas á los hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntad; pero sin duda quería Júpiter que muriesen muchos aqueos. Ahora id á comer para que luego trabemos el combate.»

276 Así se expresó; y al momento disolvió la junta. Cada uno volvió á su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron sillas á las mujeres, y servidores ilustres guiaron á los caballos al sitio en que los demás estaban.

282 Briseida, que á la dorada Venus se asemejaba, cuando vió á Patroclo atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando aquella mujer semejante á una diosa, así decía:

287 «¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre á quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres hermanos queridos que mi padre me diera, murieron también. Pero tú, cuando el ligero Aquiles mató á mi esposo y tomó la ciudad del divino Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la mujer legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave á Ptía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete nupcial. Y ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que siempre has sido afable.»

301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se negó, dando suspiros: