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CANTO VIGÉSIMO

rreros que á lidiar salían. Dos varones, señalados entre los más valientes, deseosos de combatir, se adelantaron á los suyos para afrontarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino Aquiles. Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el refornido casco: protegía el pecho con el fuerte escudo y vibraba broncínea lanza. Y el Pelida desde el otro lado fué á oponérsele. Como cuando se reunen los hombres de todo un pueblo para matar á un voraz león, éste al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los belicosos jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la boca abierta, muestra los dientes cubiertos de espuma, siente gemir en su pecho el corazón valeroso, se azota con la cola muslos y caderas para animarse á pelear, y con los ojos centelleantes arremete fiero hasta que mata á alguien ó él mismo perece en la primera fila; así le instigaban á Aquiles su valor y ánimo esforzado á salir al encuentro del magnánimo Eneas. Y tan pronto como se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló diciendo:

178 «¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto á la turba y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te incita á combatir conmigo por la esperanza de reinar sobre los troyanos, domadores de caballos, con la dignidad de Príamo? Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal recompensa; porque tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿Ó quizás te han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales y sembradío que á los demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si me quitas la vida? Me figuro que te será difícil conseguirlo. Ya otra vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que te eché de los montes ideos, donde estabas solo pastoreando los bueyes, y te perseguí corriendo con ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego te refugiaste en Lirneso y yo tomé la ciudad con la ayuda de Minerva y del padre Jove, y me llevé las mujeres haciéndolas esclavas; mas á ti te salvaron Júpiter y los demás dioses. No creo que ahora te guarden, como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas á tu ejército y no te quedes frente á mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo conoce el mal cuando ha llegado.»

199 Eneas respondióle diciendo: «¡Pelida! No creas que con esas palabras me asustarás como á un niño, pues también sé proferir injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar á los mortales hombres; que ni tú viste á los míos, ni yo á los tuyos.