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CANTO VIGÉSIMO SEGUNDO

que la contienda no era sobre una víctima ó una piel de buey, premios que suelen darse á los vencedores en la carrera, sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos. Como los solípedos corceles que toman parte en los juegos en honor de un difunto, corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante un trípode ó una mujer; de semejante modo, aquéllos dieron tres veces la vuelta á la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Júpiter, padre de los hombres y de los dioses, comenzó á decir:

168 «¡Oh dioses! Con mis ojos veo á un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón se compadece de Héctor que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y decidid si le salvaremos de la muerte ó dejaremos que, á pesar de ser esforzado, sucumba á manos del Pelida Aquiles.»

177 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la muerte horrísona á ese hombre mortal, á quien tiempo ha que el hado condenó á morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.»

182 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente. Obra conforme á tus deseos y no desistas.»

186 Con tales voces instigóle á hacer lo que ella misma deseaba, y Minerva bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.

188 En tanto, el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar á Héctor. Como el perro va en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y si éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelida, de pies ligeros, no perdía de vista á Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse á las puertas Dardanias, al pie de las torres bien construídas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas, Aquiles, adelantándosele, le apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance á Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado entonces de la muerte