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LA ILÍADA

que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilitado sus rodillas?

205 El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas á los guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron á los manantiales, el padre Jove tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes—la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos—para saber á quién estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Orco. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, se acercó al Pelida, y le dijo estas aladas palabras:

216 «Espero, oh esclarecido Aquiles, caro á Júpiter, que nosotros dos proporcionaremos á los aqueos inmensa gloria, pues al volver á las naves habremos muerto á Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga el flechador Apolo, postrándose á los pies del padre Jove, que lleva la égida. Párate y respira; é iré á persuadir á Héctor para que luche contigo frente á frente.»

224 Así habló Minerva. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fué á encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:

229 «¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.»

232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo; pero desde ahora me propongo tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.»

238 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos—¡de tal modo tiemblan todos!;—pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brío y sin dar reposo á la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos á las cóncavas naves, ó sucumbe vencido por tu lanza.»