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CANTO VIGÉSIMO TERCERO

inclínate en la fuerte silla hacia la izquierda y anima con imperiosas voces al corcel del otro lado, aflojándole las riendas. El caballo izquierdo se aproxime tanto á la meta, que parezca que el cubo de la bien construída rueda haya de llegar al tronco, pero guárdate de chocar con la piedra: no sea que hieras á los corceles, rompas el carro y causes el regocijo de los demás y la confusión de ti mismo. Procura, oh querido, ser cauto y prudente. Pero, si aguijando los caballos, logras dar la vuelta á la meta; ya nadie se te podrá anticipar ni alcanzarte siquiera, aunque guíe al divino Arión—el veloz caballo de Adrasto, que descendía de un dios—ó sea arrastrado por los corceles de Laomedonte, que se criaron aquí tan excelentes.»

349 Así dijo Néstor Nelida, y volvió á sentarse cuando hubo enterado á su hijo de lo más importante de cada cosa.

351 Meriones fué el quinto en aparejar los caballos de hermoso pelo. Subieron los aurigas á los carros y echaron suertes en un casco que agitaba Aquiles. Salió primero la de Antíloco Nestórida; después, la del rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso por su lanza; en seguida, la de Meriones, y por último, la del Tidida, que era el más hábil. Pusiéronse en fila, y Aquiles les indicó la meta á lo lejos, en el terreno llano; y encargó á Fénix, escudero de su padre, que se sentara cerca de aquélla como observador de la carrera, á fin de que, reteniendo en la memoria cuanto ocurriese, la verdad luego les contara.

362 Todos á un tiempo levantaron el látigo, dejáronlo caer sobre los caballos y los animaron con ardientes voces. Y éstos, alejándose de las naves, corrían por la llanura con suma rapidez; la polvareda que levantaban envolvíales el pecho como una nube ó un torbellino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los carros unas veces tocaban al fértil suelo y otras, daban saltos en el aire; los aurigas permanecían en las sillas con el corazón palpitante por el deseo de la victoria; cada cual animaba á sus corceles, y éstos volaban, levantando polvo, por la llanura.

373 Mas, cuando los veloces caballos llegaron á la segunda mitad de la carrera y ya volvían hacia el espumoso mar, entonces se mostró la pericia de cada conductor, pues todos aquéllos empezaron á galopar. Venían delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo Feretíada. Seguíanlas los caballos de Diomedes, procedentes de los de Tros; y estaban tan cerca del primer carro, que parecía que iban á subir en él: con su aliento calentaban la espalda y anchos hombros de Eume-