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LA ILÍADA

310 Dijo, y el varón igual á un dios colocó los corderos en el carro, subió al mismo y tomó las riendas; á su lado, en el magnífico carro, se puso Antenor. Y al instante volvieron á Ilión.

314 Héctor, hijo de Príamo, y el divino Ulises midieron el campo, y echando dos suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir quién sería el primero en arrojar la broncínea lanza. Los hombres oraban y levantaban las manos á los dioses. Y algunos de los aqueos y de los teucros exclamaron:

320 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concede que quien tantos males nos causó á unos y á otros, muera y descienda á la morada de Plutón, y nosotros disfrutemos de la jurada amistad.»

324 Así decían. El gran Héctor, de tremolante casco, agitaba las suertes volviendo el rostro atrás: pronto saltó la de Paris. Sentáronse los guerreros, sin romper las filas, donde cada uno tenía los briosos corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura: púsose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió el pecho con la coraza de su hermano Licaón, que se le acomodaba bien; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la robusta cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la cimera, y asió una fornida lanza que su mano pudiera manejar. De igual manera vistió las armas el aguerrido Menelao.

340 Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre, aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose de un modo terrible; y así los teucros, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas, se quedaron atónitos al contemplarlos. Encontráronse aquéllos en el medido campo, y se detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio que recíprocamente se tenían. Alejandro arrojó el primero la luenga lanza y dió un bote en el escudo liso del Atrida, sin que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar con el fuerte escudo. Y Menelao Atrida, disponiéndose á acometer con la suya, oró al padre Júpiter:

351 «¡Júpiter soberano! Permíteme castigar al divino Alejandro que me ofendió primero, y hazle sucumbir á mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar á quien los hospedare y les ofreciere su amistad.»