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Página:La Ilíada de Homero, Tomo II (Ignacio García Malo).pdf/376

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De uno y otro las riendas, pues yacía
El Caballo Pedaso revolcado
Y extendido en el polvo. Automedonte
Levantandose en pie puso remedio
A tan fatal desórden, pues sacando
Su fuerte y grande espada de la vayna,
El balancín cortó con mucha priesa.
Quedan los dos Caballos mas serenos,
Y á las riendas sujetos obedecen.
Se invaden nuevamente los dos Héroes,
Con ánimo dispuesto á la contienda:
Mas Sarpedon entonces yerra el golpe
De su luciente lanza, cuya punta
Sobre el hombro siniestro de Patroclo
Sin herirle pasó: Patroclo entonces
Con su acero le invade, y de su mano
No sale en vano el dardo, pues lo clava
Cerca del corazon de su enemigo,
El qual cayó como una excelsa Encina,
Alamo ó alto Pino, que en los montes
Los artífices cortan con sus hachas
Para leño navál; no de otra suerte
Delante de su carro y sus Caballos
Extendido yacía moribundo
Rechinando los dientes, y cogiendo