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A Náusica y que visto sea de ella;
En sus ojos piedad encontrar debe
Al pueblo de los Facios por su mano
Entrar y de su rey ver el palacio.
 Tira el balon airosa la princesa,
Dirigiéndole á una de sus siervas;
Mas se desvía, vuela y va perdido
A un abismo insondable. Agudos gritos
Alzan todas, y á ellos dispertado,
Ulises en su lecho se incorpora,
Y á tristes reflexiones se abandona
«¡Ay! dice ¿en dónde estoy y qué hallar debo
En este sitio incógnito? ¿salvages,
Hombres sin ley y sin justicia, ó pueblos
Que los Dioses respeten? mas, acentos
Mugeriles alcanzan mis sentidos.
Serán sin duda Ninfas de estos montes,
De aquestas aguas ó del valle umbrío
Hay acaso aqui seres que hablar puedan,
Que sepan espresar sus pensamientos?
La esperanza apuremos ó el recelo.»
Dice, y luego con mano vigorosa
Una rama destronca de hojas llena,
Su desnudo rubor con ellas cubre
Y del follage sale. Ver parece
El leon de los montes, que fiado
En su indomable fuerza, por las lluvias
Y los vientos y el hambre perseguido,
Va buscando las timidas manadas
De bueyes, ó corderos, ó del bosque
El venado fugaz. Sus ojos fieros
Centellas van lanzando. Al crudo impulso
Del hambre que le acosa, se arrojara
Hasta del hombre en el tranquilo techo
 Tal Ulises, desnudo, solo escucha
Su necesidad fiera y se presenta
Sin pensar, á esas timidas bellezas