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Sin que huellas nos queden, ni camino
Por donde descubrir su suerle amarga.
Solo llanto nos deja y crudas penas
Que en su solo morir no se concentran.
Otras desdichas, otros males fieros
Los Dioses me deparan: Cuantos viven
En estas islas, jóvenes ilustres,
En Daliquio, y en Same, y en Zacinto;
Cuantos gozan en Ítaca alta fama,
Aspiran de mi madre al himeneo,
Y mi herencia destruyen y devoran.
Vacilante la triste no se atreve
Sus votos á exaudir ni á rechazarlos;
Y en tanto ellos destrozan mi fortuna
Y al fin mi vida acabará á su saña. »
Indignada la Diosa — « ¡Oh! cierto, esclama,
Del padre con razon la ausencia plañes,
Pues su brazo esa turba anonadara.
¡Oh! sí, vuelto á su patria, apareciera
Del palacio al umbral, calado el yelmo,
La una mano al broquel, la otra armada
Con dos agudos dardos, cual le vimos,
Cuando á la mesa de mi padre vino
Los dones á gozar hospitalarios!
Sobre ligera nao regresaba
De Etira, de á pedir ansioso fuera
A Ilo, hijo de Mermeris, la planta
Que á emponzoñar sus flechas se adaptara;
Temió á los Dioses Ilo y rehusóle;
Mas mi padre le amaba tiernamente
Y negarse no supo á sus deseos.
¡Ah! si cual le vi entonces, se mostrase
A ese fatal enjambre, todos, todos
A sus terribles golpes perecieran,
De su himeneo la ilusion odiando.
Mas aqueste castigo, y su retorno
Son de los Dioses un profundo arcano.