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Mas todavia en él brilla el ingenio.
Antifo, el mas amado de sus hijos,
A los troyanos campos siguió á Ulises;
Mas el Cíclope horrendo le inmolara
En su cubil, por pasto postrimero.
Otros tres hijos á su amor quedaban;
Eurínomo, uno de ellos, engrosaba
De los amantes de la reina el bando;
En la labor campestre los dos otros
Ausiliaban al padre. El pecho roto
Y mojadas las luces, balbuciente:
« Hijos de Ítaca, dice, oid mi acento.
Desde que marchó Ulises con sus naves
No reinó ya concierto entre nosotros.
¿Quién hoy nos junta? Jóven ó caduco,
Cuál motivo le dicta esta asamblea?
¿Sabe acaso que llegue un enemigo?
¿Indicios ciertos de su marcha tiene?
O de intereses de la patria trata?
Su celo aplaude si al Estado sirve,
Y Júpiter proteja los proyectos
Que el amor a su pueblo le sugiera. »
Dice y siente Telémaco á sus voces
Un rayo de esperanza. Se levanta,
De hablar ansioso, y Pisenor el sabio,
Heraldo suyo, el cetro le presenta.
Entonces, vuelto a Egipcio: « anciano, dice,
Cerca está el que juntó á los ciudadanos;
A tal deber mis ansias me condenan.
No vengo á dar alerta al enemigo,
Ni á prevenir que su falange he visto,
Ni del público bien á tratar vengo.
Solo de mí, de mis desdichas trato;
De dos desdichas que á la vez asolan
El doméstico techo: un padre tierno,
Que fue tambien vuestro monarca y padre,
Perdí por siempre; y lo que mas acrece