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Empero, si mas digno os pareciere
A uno solo abismar, obrad sin tregua;
Mas yo os repito que los Dioses sacros
Invocaré, pidiendo á Jove eterno
Que os remunere con un justo pago
Y que, sin que esperar podais venganza,
Muerte todos halleis en mi palacio. »
Dijo, y al fruncir Jove la tremenda
Divina ceja, desde el alto monte
Dos águilas enormes se disparan.
Llevadas por los vientos, y las alas
A la par estendidas, van primero
De par a par volando y con concierto;
En forma tal á la gran junta llegan,
Que, atónita y turbada, las contempla,
Y sobre ella se ciernen largo espacio.
Allí revolteando el éter hieren,
En las gentes fijando el ojo fiero,
Nuncio de muerte, y por postrera seña
A rara y cruda lucha se abalanzan.
El rostro y la garganta se desgarran
Y al fin, tomando por la diestra parte
De la ciudad, calles y muros pasan.
Todo á vista tan fiera se estremece;
No hay pecho que al mirar tan triste agüero,
De siniestros recelos no se llene.
Entonces Aliterses, hijo anciano
De Mastor, el que mas profundamente
Del ave interpretar el vuelo alcanza,
Aliterses esclama: « Oidme todos,
Hijos de Ítaca, oïd lo que os revelo.
A vosotros ¡oh jóvenes rivales!
Ante todo á vosotros me dirijo,
Pues os amaga un porvenir funesto.
Pronto a sus deudos tornar debe Ulises;
Cercano está, y en sus tremendas manos
La muerte á un tiempo y los destinos trae,