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Si al vernos en sus mesas divertidos
Echarnos de su alcázar intentara;
Su esposa que le aguarda con tal ansia
De su vuelta fatal no se aplaudiera,
Y en lid desventajosa, su ira insana
Hallara al fin su muerte y su vergüenza.
Tú sin medida y sin razon te esplicas;
Y vosotros tornad á las tareas,
Pueblos, id al hogar; en cuanto al hijo,
Aliterses y Mentor, que del padre
Amigos fueron, le darán los medios
Con que su ruta hacer. Mas, imagino
Que en Ítaca se quede, prefiriendo
Las nuevas esperar, sin que ejecute,
Por mas que lo pregone, sus proyectos. »
Habla y cesa á sus voces la asamblea;
Al hogar tornan ya los ciudadanos
Y los rivales vuelven al palacio.
Lejos de ellos, Telémaco á la orilla
Del mar inmenso va á bañar la mano
Y dirige á Minerva esta plegaria:
« Oye mi voz ¡oh Diosa protectora !
Que ayer honraste mi mezquino techo,
Para imponer á mis alientos flacos
Que entre las olas, con sutil navío,
Del padre á descubrir fuese los pasos
Y el destino á indagar; ya el pueblo todo
Me deja, me abandona, y esos viles
Ultrajan mi impotencia con escarnio... »
Al decir estas voces ve á Minerva
Que, de Mentor tomando las facciones,
« Telémaco, le dice, no es tu suerte
Ser un mortal vulgar y sin ingenio.
Si del alma de Ulises en la tuya
Puede siquiera entrar un rayo solo;
Si con él á la par, te hallas dotado
De noble acento y de un obrar valiente,