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Un famoso cantor los deleitaba
Con melodiosos sones, mientras, ledos,
Dos bailarines sus airosos pasos
Mezclaban de la lira á los conciertos.
Mas el hijo de Ulises y su amigo
Han llegado á las puertas del palacio.
Eteóneo, escudero del monarca,
Corre de su llegada á prevenirle:
« Dos estrangeros jóvenes, le dice,
Ó dos hijos de Júpiter mas pronto,
En el umbral estan. ¿Es tu deseo
Que haga desenganchar sus alazanes,
Ó mandas que á otra parte les dirija
A buscar un asilo hospitalario? »
Indignado responde Menelao:
« Ya no mas de Beocio al hijo veo.
Fué un tiempo en que razon te conducia
Y que del mundo el uso no ignorabas;
Ya un niño encuentro en ti. En mis largas penas,
Dó quiera que el Destino me haya puesto,
Bienhechores y amigos he encontrado.
¿Con cuál derecho á Júpiter podría
Pedir en nuevos males dulce amparo
Si ahora mi crueldad...? ¡Oh, corre al punto,
Sus corceles retira, y que, sin tregua,
Aquí á sentarse al lado mío vengan. »
Corre Eteóneo, vuela, y, juntamente
Con otros escuderos, los corceles,
Que bajo el yugo sudan y jadean,
Separa, y en las bóvedas que sirven
De quieto asilo á los del rey, los ata
Y, sin cuento, les da paja y avena.
A una pared bien apoyado, el carro[1]

  1. Estas paredes se hallaban en parte cubiertas por; el pórtico, pues que formaban la fachada del edificio, y en este sitio era donde se acostumbraba colocar los carruages.