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VIII.


EL RELICARIO DE RUBÍES.

El Doctor Pineal estaba impaciente, como de costumbre.

—«¿Nada nuevo?»—me preguntaba en una tarjeta postal.

—«¿Hay algo?»—en otra.

—«¿Cuándo vienes?—por carta.

Al fin sus nervios se tranquilizaron, y la correspondencia, cada vez más apaciguada, calmó de pronto. Los diarios tuvieron la culpa, como se verá luego.

Manuel me buscó por todas partes.

Sus estudios frenológicos, realizados á vapor en el primer momento, se completarían, andando el tiempo, de un modo definitivo, con un nuevo exámen de los dos cráneos. El éxito llegaría á ser asombroso, determinando no sé cuantas aptitudes inadvertidas hasta entónces, y las facultades de Mariano y de Nicanor, investigadas, tamizadas hasta lo