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un momento; que entrase en su gabinete y le esperara.

Así lo hice.

Apenas hube colocado el sombrero en una percha, me entretuve en revisar los estantes, y como mi amigo era metódico y todos sus libros se hallaban clasificados por materias, no me fué dificil encontrar el que deseaba.

Pero el armario estaba con llave.

Entónces empecé á pasearme por el salon, mirando las figuras de la alfombra, lo cual es un entretenimiento que impide al que espera impacientarse contra la persona esperada y ocuparse de sus defectos antes que de sus virtudes.

En uno de esos movimientos de vaiven, levanté la mirada y observé un escaparate de cristal, en el que había un esqueleto. Miré maquinalmente primero, como miramos siempre los médicos tales conjuntos, y de pronto quedé perplejo. Me pareció que aquel esqueleto era el mio, es decir, el que yo había dejado en la bolsa, en un rincon del escritorio. Era de hombre jóven y habría jurado que de unos 24 años, tenía dientes magníficos y una cabeza inteligente y armónica, en la que resaltaban los caracteres frenológicos del cráneo ya conocido. Esto podría haber pasado inadvertido, porque en aquel momento la preocupacion mayor era la de la obra por consultar; pero una circumstancia curiosa vino á sacudir en alto grado mis recuerdos y preocupacio-