Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/22

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Mi amigo frunció el entrecejo y me miró con cierto aire escudriñador; el mismo que yo empleo cuando tengo la sospecha de que mi cliente está loco.

—«No gastes tus miradas»—le dije—«porque llegará un momento en que te harán mucha falta para averiguar y aprender lo que ni tú ni yo sabemos en este momento.»

—«No me hables en ese tono misterioso. Dime más ben lo que piensas.»

—«Señor Doctor, nadie debe ser más discreto que un médico. Disculpe su Señoría la adventencia y otra vez no me mire de ese modo.»

—«¿Te has ofendido?»

—«No, porque te conozco, y sé que eres tan curioso como yo. Lo único que te pido es que no hables una palabra de lo que hemos conversado.»

—«Pero me dejas en ayunas.»

—«Si te dijera algo más, quedarías autorizado para sospechar de la integridad de mis facultades.»

—«Lucido voy á estar ahora.»

—«Ten paciencia. Antes de una semana volveré á visitarte, y entónces te podré comunicar lo que me preocupa.»

—«Adios compañero.»

—«¡Ah! olvidaba algo. Hazme el servicio de decir á tu criada que si vengo á estudiar ese esqueleto abra el escaparate; si no hay inconveniente.»

—«Absolutamente ninguno.»

—«Gracias; hasta pronto, ¿eh?»