Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/37

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—«Es él, es él mismo!»

Entónces me puse de pié, invitando á mi compañero á retirarnos.

—«Voy á hacer otro con colores»—dijo.

—«Pero no vaya á alterar este. Una vez que así le reconocen, es suficiente.»

—«No hay cuidado»

En seguida nos despedimos de la familia Equis, con todas las cortesías que la urbanidad exije, y con todas las expresiones de agradecimiento por los datos tan interesantes que se nos habían suministrado.

Al poner el pié en el estribo del carruaje, dije al cochero:

—«A la Facultad de Medicina!»

Mientras el vehículo rodaba, mi compañero estaba inquieto. No sabía qué hacer. Le parecía tan extraño todo aquello, que no se animaba á romper el fuego de la conversacion. Pero no pudo contenerse mucho, y al fin estalló.

—«Me parece que usted va preocupado»—me dijo,—«y mira á uno y otro lado de la calle como si buscara algo que no es la Facultad.»

—«Tiene razon amigo; voy muy preocupado; pero no se aflija, porque inmediatamente que encuentre un taller fotográfico se me pasará.»

—«y ¿para qué quiere taller fotográfico?»

—«Porque me estoy acordando del retrato de una linda sobrina suya, que usted retrató idéntica