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IV.


LA FIEBRE INVESTIGATRIZ.

El coche volvió á andar.

Mi compañero sonreía y se ponía sério alternativamente.

El sentimiento de haber cometido una chambonada le tenía inquieto.

Para que aquella no se repitiese, resolví que la herida se refrescara, así es que le hice la breve alocucion siguiente:

—«Dígame una cosa: si esta nvvela fuese leída en el Departamento de Policia, en presencia, por ejemplo, de mis amigos Otamendi y Udabe ¿qué dirían ellos cuando llegáramos á un '¡Es cierto!' emitido por algun frenólogo, y en presencia nada menos que del SecreLario de la Facultad de Medicina, en el momento en que se hablaba de dos estudiantes desaparecidos?»

—«Pero es que no he podido contenerme, porque es cierto que uno de los cráneos revela el calculista y el otro el músico.»