Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/80

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sobretodo, procurara no dar señal alguna de sorpresa.

Salimos con el Doctor Varolio.

Al cabo de algunos minutos llegamos á una casa próxima á la estacion Centro América. El patio estaba lleno de jóvenes, seguramente estudiantes, compañeros del muerto. Despues de saludar á los conocidos, conversamos algunas palabras con ellos, preguntándoles algo sobre su carácter, y todos estuvieron conformes en cuanto á sus condiciones intelectuales y morales. Saturnino había sido un modelo de aplicacion, y de una claridad mental envidiable. Confiado en extremo, y de un optimismo de novela, más de una vez había sido víctima de los mal intencionados; pero jamás se le oyó un reproche, ni una frase destemplada.

Aquellos excelentes muchachos estaban aflijidos. En unos palpitaba la lágrima en los párpados; en otros palpitaba el sollozo.

Penetramos en la cámara mortuoria.

Y los estudiantes, olvidando hasta la curiosidad habitual en ellos por agregar un dato más á lo que ya saben, permanecieron en el patio, y sólo quedaron tres, que ya estaban en el aposento.

Me acerqué á Manuel, y en voz baja, como se hace siempre en estos casos, le invité á que estudiara el cráneo.

Mientras el frenólogo ejecutaba su investigacion, llevé la mano á la region precordial del muerto. La cuarta costilla estaba en su lugar.