Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/90

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—«¡No!»

—«Sigamos su camino. Ha llegado el momento de que conversemos de asuntos que nos interesan á los dos.»

—«Llámeme Antonio mientras llegamos á casa.»

—«No es necesario que la llame de ningun modo, porque nada tengo que decirle en la calle.»

Seguimos viaje juntos, y á las dos cuadras penetró en una casa de aspecto lujoso.

Al poner el pié en el umbral ofendí mentalmente á Clara, pensando que sería conveniente recordarle algo relativo á mi seguridad personal; pero todo pasó como un relámpago, y la seguí.

Aquella mujer extraordinaria no podía caer en la vulgaridad de disparar sobre mí, y á traicion, un arma de fuego. Si me conocía, como lo había dicho, no podía temer una celada, ni tampoco pensar que estuviera solo, en el caso inverosímil de que, cambiando de papel en mi vida, me hubiera convertido en un agente policial, porque mi muerte sólo habría complicado su situacion, demasiado grave ya en aquel momento. Por lo demás, ignoraba el motivo de mi interpelacion, y por lo mismo que no me había apoderado de ella al demostrarle que la conocía, y que, conociéndola en la casa de Saturnino, la había dejado libre, su propio interés la obligaba al respeto y á la consideracion.

Cuando estuvimos en el patio, me dijo: