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el Clair de lune de Beethoven. Sobre una mesita, flores de la estacion, y en las cortinas, en el aire, en la luz, el perfume revelador, aquel perfume que, apenas más perceptible, habría podido embalsamar todos los ensueños nacidos en cerebros del Oriente.

Me invitó á tomar asiento; pero no me senté.

—«La confianza que le demuestro al dejarme encerrar en su casa, sin saber quién vive en ella, ni cuál es su carácter de usted, le prueba que he adivinado el secreto de su vida misteriosa, y que, á pesar de ser su prisionero, en la apariencia, deseo conservar mi libertad de accion y mi voluntad. Vaya usted y cámbiese de traje. Yo quiero hablar con la mujer, no quiero hablar con el máscara.»

La sorpresa no se pintó en su semblante, porque no tenía dónde pintarse. Su espíritu altanero se rebeló contra aquella órden, y permaneció firme en el sitio que ocupaba.

—«Le he dicho que se mude ese traje. Yo quiero hablar con la mujer, con toda la mujer; quiero leer en sus grandes ojos negros la impresion de mis palabras. Yo lo quiero!»

Rendida ó sujestionada, obedeció.

Pasó á la pieza inmediata, y oí ruido de agua y de cepillos, el chirrido de un ropero que se abría, tacos que sonaban al caer, roce de seda, y luego choque de frascos.

Algunos minutos después sentí que todas las in-