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Página:La dictadura republicana - bdh0000189083.pdf/10

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Lo malo es que no hemos dado todavía con el procedimiento para que encarne en la realidad; en España al menos. ¿Pruebas? Basta oir lo que se dice y leer lo que se escribe á propósito de las últimas elecciones hechas por sufragio universal, ciclópeo cimiento de la democracia.

¿Que el Gobierno ha apelado á malas artes para ganarlas? Conformes. Mas esto demuestra una de estas dos cosas: ó que no estamos preparados para la vida democrática, ó que somos un pueblo cobarde é indigno. Y como no íbamos á variar de la noche á la mañana por el hecho de cambiar de régimen, de aquí la necesidad por algún tiempo de una dictadura que nos preparara para hacer luego vida democrática.

«Por la dictadura á la democracia, ya que no sabemos ni podemos ir por otra parte.»

He aquí mi lema.

La democracia

No podemos negar que la tenemos en las leyes. Pero entre las leyes y su aplicación media un abismo.

Y no es que lo digamos nosotros, los republicanos; lo dicen los monárquicos. Y lo que es más grave; los propios ministros de la Corona.

Hace pocos días pidió en Zaragoza el Sr. Paraíso al ministro de Agricultura, que exigiera á la Compañía del Norte el cumplimiento de la ley que la obliga á construir el ferrocarril del Canfranc. Y contestóle el conde de Romanones, «que esto de hacer cumplir la ley, aunque parece fácil, es muy difícil; porque en España, hasta á los ministros les es muchas veces imposible conseguirlo.»

¿Puede presentarse prueba mayor de que vivimos en plena oligarquía, y que, si trajéramos la República, sería indispensable salvarla por la dictadura?

¿Qué otra solución cabe en un país donde hasta los ministros de una monarquía que cuenta con