Pero nada pudieron conseguir de la terquedad del buen presbítero.
Encerrándose éste en la sacristía con el carpintero llevó a efecto su propósito.
Todo el pueblo se aglomeró a las puertas, i al sentir los primeros golpes del martillo, rompieron en llantos i lamentos, pronosticando terribles calamidades i castigos a causa de aquella profanacion.
Mil esclamaciones de dolor, i de desesperacion se dejaron sentir. Unos decian: «Van a matar a la Vírjen»; otros gritaron: «Ya le está brotando la sangre».
Solo despues de mucho tiempo, viendo que no les llegaba ningun desastre pudieron conformarse, i acostumbrarse con los ricos trajes que disfrazaban a su querida imájen. Ahora tienen orgullo en cubrirla con espléndidos i estravagantes adornos i telas; que son mandados de todas partes como mandas o regalos.
La escena que acabamos de describir, descubre un cuadro psicolójico de suma importancia en el estudio i la comprension del folklore, i como tal nos permitimos divagar por un momento para hacer unas cortas observaciones.
Es una tendencia mui marcada entre todos los pueblos, desde los mas bajos hasta los mas civilizados, dar espresion a sus ideas i emociones en una forma material. En sus principios se encuentra esta tendencia incorporada en el fetiquismo que dota de cualidades i sentimientos buenos o malos, a los objetos inánimes.
Así vemos al salvaje adorar a una piedra, un palo, una concha o cualquier otro objeto que en el estado mas primitivo del hombre constituyen los primeros ídolos.
Su intelijencia todavía no distingue entre causa i efecto; la idea de los dos se confunde en su cerebro. No concibe otra existencia distinta de la suya; i por lo consiguiente imputa a todo lo que ve a su alrededor los mismos sentimientos i pasiones que el siente; i ascribe a estas causas todos los resultados que caen dentro de su percepcion.
Debido a esta causa innata, i por el instinto de la imita-