ó alevosamente me libre del tirano? Mi honor, mi dicha, mi existencia ¿no son acaso antes que su vida?
Estas lógicas y terribles consecuencias no han sido deducidas solamente por mí ; lo han sido en los siglos XVI y XVII por defensores ardientes de la monarquía. Han resonado bajo las bóvedas de las universidades, bajo las de los mismos palacios de los reyes. Eminentes publicistas monárquicos han ido á sembrar flores sobre las tumbas de Ravaillac y de Clemente. No sin razon Merino abrigaba la esperanza de ser con el tiempo un mito para la especie humana, porque ya mucho antes de su audaz intento se habia pintado en cada regicida un héroe, y los héroes de la antigüedad pagana son hoy mitos.
Mas se me dirá tal vez : No faltan medios para evitar tales extremos. He de confesar francamente mi ignorancia : no los veo. Organizar un país de modo que la autoridad del rey fuese en todos tiempos revocable por la voluntad del pueblo, equivaldría á llamar monarquía á la mejor de las repúblicas ; hacer inviolable al rey, dándole por escudo ministros responsables, ha sido complicar la cuestión, no resolverla. El derecho de insurrección y el regicidio surgen igualmente del fondo del sistema ; el rey no tiene mas que buscar hombres dispuestos á secundar sus miras; si es el príncipe imbécil, reina como antes, y nombra en la realidad, no ministros, sino reyes. A la sombra de su inviolabilidad conspira el monarca por romper las trabas que le oprimen , favorece la reacción, alarma la revolución, y provoca conflictos que han de producir siempre un triste resultado. Queda roto en ellos el instrumento del mal, se deja en pié la causa. Bajo los reyes constitucionales no ha habido, por cierto, ni menos insurrecciones ni menos regicidios que bajo los reyes absolutos.
No; para atenuar las consecuencias sentadas no hay ya otro medio que el de reducir la monarquía á un nombre. Mas, lo repito, ¿qué es entonces un monarca? Esto no se presenta, por otra parte, fácil. Se cita sin cesar el ejemplo de Inglaterra, pero inoportunamente. El rey es allí, mas que un poder, un símbolo , no tanto por la constitución ni la costumbre, como por la existencia de una aristocracia fuertemente organizada y orgullosa, que lo tiene monopolizado todo: poder, instrucción, suelo, riqueza, y que preferiría cien veces caer cadáver á las