las naciones. Gracias, empero, á Rousseau, á Voltaire, á los revolucionarios del año 92, á los excesos mismos de la monarquía, al entusiasmo por la libertad, al desprecio que se habia sentido por el principio de autoridad desde Lutero, se abrigaba un odio profundo á los monarcas. Hablo de las clases ilustradas, no del pueblo, que, dejando aparte ciertas comarcas de la Francia, se inclinaba, con igual veneración en todas las naciones, ante Dios y ante sus reyes. Ya que no podemos matar al león, se dijo, cortémosle las garras, reduzcámosle en lo posible á la impotencia. Habia entonces un país que, efecto de su antigua constitución social y de una revolución que terminó con su héroe, habia ya podido realizar el pensamiento; y volviéronse á él todos los ojos. Su mecanismo gubernamental excitó, no solo admiración, sino entusiasmo, y fué desde luego estudiado y copiado servilmente. «Desarma á los reyes, se dijo; establece además un equilibrio de poderes, que es la mejor garantía de la libertad del pueblo.» Se le elevó á sistema, se le racionalizó, se le explicó en cien volúmenes, en que no se cansaban sus autores de encomiarle como la mejor solución del problema de aquel tiempo.
¿Cómo no se comprendió, sin embargo, que si aquel mecanismo producía en Inglaterra excelentes resultados, era debido, no á su bondad absoluta, sino á su perfecta conformidad con los hábitos políticos, las costumbres y la organización social de aquel gran pueblo? Cómo el simple hecho de no estar formulado en un código especial, ni en un capítulo aparte de sus colecciones legales, no les hizo presentir cuando menos esta verdad, que han debido reconocer mas tarde? Los derechos del pueblo inglés ni la determinación de sus poderes públicos no son, como en Francia ni en España, fruto exclusivo de una revolución política ; son la obra de toda su existencia, el resultado de una lucha incesante entre una monarquía y una aristocracia poderosas, el desarrollo espontáneo del genio nacional, que aun hoy se presenta distinto del de los demás pueblos. La agitación de la época de Cromwell ha sido allí tan solo una de las crisis de este mismo desarrollo. A no haber sido así, á ser la organización del país hija de un verdadero órden de ideas, ¿podría concebirse que coexistiesen en él cosas tan contradictorias como la libertad y el feudalismo, el derecho abso-