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Página:La reacción y la revolución - bdh0000290446.pdf/187

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zon de intereses materiales, un sistema administrativo que hace sentir la acción del Gobierno en todas partes. Léjos de tener que ocuparnos en estrechar la union de las provincias, debemos pensar ya en la manera de restituirles su antigua in­dependencia sin menoscabo de la unidad, indispensable, entre otras cosas, para acelerar la deseada fusion de las naciones en una gran familia. Quisiera, por consiguiente, saber qué significa esa resistencia de nuestros legisladores á la publicación de toda idea contraria al dogma del catolicismo. Yo, lo digo con toda sinceridad, no acierto á comprenderlo.

Un pueblo sin creencias, he oido alguna vez, es un pueblo ingobernable ; mas esto me creo con derecho para negarlo, no solo por la razon filosófica aducida en otro capítulo, sino también por una razon histórica. Esta la teneis ante vuestros mismos ojos. Pueblo mas indiferente que el nuestro no le hay quizás en toda la superficie de la tierra. Y es, por cierto, bien fácil gobernarle... ¿Os propondréis tal vez restaurar sus der­ribadas creencias? Os reto entonces á que indiquéis vuestro secreto para encender la fe apagada. He sentado que la fe no se recobra, y lo sostengo. Apelo á vosotros mismos, partidarios de la intolerancia : vosotros todos sois en religion escépticos ; sed francos, y decidme si cuando queréis creer no sentis que se desborda la negación de vuestros labios.

A mi ver, las creencias religiosas no hacen falta ; para toda moral la idea imperiosa del deber nos basta. Mas, ya que las considerase imprescindibles, lo digo con orgullo, no escogería, como vosotros, el peor de los medios para sostenerlas. Las conversiones son todas hijas de la debilidad; las rechazaría en vez de procurarlas. Consignaría la completa libertad de cultos, provocaría entre los disidentes continuas y acaloradas disensiones, llevaría al palenque á los filósofos, trabajaría para que el pueblo oyese con interés estos debates. No serian todos los españoles católicos, pero serian todos creyentes y, según vuestra teoría, gobernables. Una convicción filosófica profunda, no creo que lo neguéis, puede muy bien suplir la falta de una creencia.

¡Ah, pobres políticos! os parece de poca importancia esa nueva cortapisa que ponéis á la libertad de imprenta ; pero es indudablemente la mas capital, la mas terrible. ¡La duda! ¿no