mo el del siglo XVI comprendería aun que lo temieseis ; pero ¿el clero de hoy? Sois ya solo vosotros los que le dais importancia literaria. Un economista francés decía una vez, participando de estos temores: «Suprimid el latin, y descatolizais el reino.» No sé ver ni aun la necesidad de esa supresión, ni me atrevería tampoco á aconsejarla. Dejad que enseñen en los seminarios lo que quieran. Si proclamais mañana una libertad absoluta, ó los seminarios salen de su vergonzoso estado, ó se hunden á poco entre los silbidos unánimes de la gente culta. Seguirán enseñando á los que hayan de ser curas; y ¿qué importa? ¿Quién ya, sino ellos, puede alumbrar ese cadáver que llaman teología? Dándoos armas iguales, ¿no os sentis con fuerzas para luchar con un clero que solo vive ya por la protección de los gobiernos?
Os tengo además cogidos en vuestras propias redes, hombres del año 37 y 45. Con qué ¿no nos queréis conceder siquiera libertad para atacar los dogmas del catolicismo, os asustáis ante la critica racional del Evangelio, y os oponéis luego á que la Iglesia enseñe á vuestros hijos conforme al espíritu y letra de la ley de Jesucristo? ¿Qué le habéis dicho á la Iglesia despues de la revolución de julio? Guardáos de atacar por vuestra propia autoridad las ideas que tenga á bien publicar la prensa ; si teneis motivos de queja, comunicadlos al Gobierno. ¿No es como si le hubieses dicho : Si te acometen, calla y resígnate; guárdate bien de defenderte? Hoy tratáis ya de reducir los seminarios á la enseñanza de las ciencias eclesiásticas, y hay hasta quien propone, entre vosotros, que se los cierre, que se obligue á los aspirantes al sacerdocio á seguir sus cursos en los institutos y universidades. Por de pronto habéis ya restablecido en estas la facultad de teología. A tanto llega vuestra religiosidad ; y ¿nos acusáis de impíos?
¿No comprenderéis pues nunca que, admitido el principio de la libertad, toda clase de exclusiones es inexcusable? Niego que vosotros mismos sepáis lo que queréis, lo niego.
Sí, se replica aun; mas ¿es posible que vos, socialista, queráis hacer extensiva á las profesiones sabias la libertad del trabajo, cuando en esta teneis la causa primordial del pauperismo? La libertad es la madre de la concurrencia ; la concurrencia mata vuestra clase obrera. En virtud de esta libertad bajan fatal-