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Página:La reacción y la revolución - bdh0000290446.pdf/200

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tros juicios como en el orden de los hechos ; pretender dete­nerla es complicar y hacer mas terribles nuestros sufrimientos. Todo retroceso, conviene guardarlo bien en la memoria, es un mal, y un mal gravísimo para la humanidad y el hombre. El progreso, lo dejo demostrado, es la ley de nuestra especie.

¡Cuánto no se atenta, sin embargo, contra esta ley ya cono­cida! ¿Quién la puede favorecer mas que la libertad? La liber­tad, lo acabamos de ver, está mas ó menos sacrificada en todas sus manifestaciones naturales, sujeta á condiciones que la matan. ¿He ya de escribir mas sobre cuestión tan debatida? No he hablado de la libertad de cultos ; pero ¿debía ni podia, despues de haber rechazado todos los argumentos formulados contra la de imprenta en materias religiosas? Concedida esta, aquella seria una consecuencia inevitable; negada, un contrasentido, un hecho que no cabria explicar de modo alguno. Permitidme, sin embargo, algunas ligeras indicaciones. Hace tres siglos un rey desterró de España á los judíos, hace dos proscribió otro rey á los moriscos. ¡Qué de cargos no se han dirigido ya contra los dos monarcas! Y hoy no hemos abierto aun á moros ni á judíos las puertas de la patria ; no hemos querido reparar una injusticia que reconocemos y hasta maldecimos. No profesan nuestra religion, se dice, no pueden vivir en nuestro suelo; es decir, no pueden fecundarlo, ni con su oro ni con sus brazos ni con su inteligencia. ¿Por qué? Nos contaminarían, los pueblos perderían esas creencias que consideramos bajo otro punto de vista indestructibles. Risum te­neatis, amici!

La cuestión empieza verdaderamente á ser risible hasta para los mismos legisladores constitucionales. No hace mucho uno de nuestros actuales ministros ha presentado un proyecto de ley sobre colonias. Los colonos, ha consignado en él, podrán ser extranjeros, pero no dejar de profesar la religion católica. La comisión de las Constituyentes lo ha borrado. Hé aquí ya un buen paso. Pero se habla solo de tolerar, no de sancionar, que españoles y extranjeros adoren á Dios bajo la forma que les dicte su conciencia; se habla solo de que no quepa civilmente perseguir á nadie por sus opiniones religiosas. Esta vaguedad, esta poca lógica me hacen concebir ya serios temores. Toleran­cia la hay hace tiempo, á pesar de no encargarla ninguna ley